Ojalá

Texto de mi querido amigo Enrique Perez Arco, os invito a que os acerqueis a

Lana de voz


Ojalá Fotografía de Ibon López Lameiro

De manera subliminal, creo que por lo general vivimos bajo la certidumbre de que detrás de cada curva, hay una continuidad. ¿Hay alguien que lo haya dudado viendo la imagen? Sentimos y vivimos bajo el signo de una fe ciega e inconsciente en la continuidad ilimitada, aún cuando desconocida, y aún cuando la evidencia contraria se muestre a veces con obcecación. En cualquier caso, puede que analicemos, negando a nuestro convencido subconsciente, que ciertamente, llegará un momento en que no sea posible ver por dónde continúa la carretera, pero sentimos que la carretera continúa… y nuestro pensamiento no termina nunca de desprenderse de ese cierto afán de ir más allá.

Sin embargo, lo más real es el borde del abismo que aquí se muestra. Este lado. A ese borde y ese abismo pertenece el vivir: una cierta manera de entender el vivir sin final al mismo tiempo que sin continuidad. Esa es la paradoja, la fricción de dos intuiciones que se niegan, y al negarse, abren el espacio “entre” que nos constituye.

El “entre” consigue abrirse, mostrarse a veces en una buena imagen. Cuando la mirada descubre la fricción. En esta composición se puede percibir la tensión: una masa triangular oscura a la derecha, tierra, frente a una masa de claridad a la izquierda, cielo, delimitan la fricción en una línea que parte la imagen en dos. Peso frente a levedad. Hay un oblicuo desequilibrio, un caerse por esa línea oblicua, que toca algo que somos, pero que enseguida la mirada siente corregido por el movimiento ascensional que marca la carretera. Algo nuestro quiere identificarse con esta línea ascensional detenida en su borde de misterio, en su suspensión. Algo nuestro se abre al “entre” innombrable en ese borde, borde espacio misterio o abismo, un “no sé qué”, como decía San Juan de la Cruz, algo que, a fin de cuentas, está más allá de las palabras, y que caracteriza una buena imagen, ya sea fotográfica, pictórica o poética.

La abertura, el “entre” que una imagen sugiere es la señal mínima de algo mucho más inmenso, algo que apenas podemos ver ahí apuntado, señalado, sugerido a modo casi de juego. Lo inmenso y real es la abertura interior que dentro nos constituye sin que nosotros mismo consigamos reconocerla, atrapados como estamos por ese afán de “ir más allá de la curva”. Creo que debe ser algo así como el propio corazón abierto de par en par, creo que eso dicen los que consiguieron rozar realmente en su vivir esa abertura interior. Dicen ellos, o así lo entiendo yo, que ese algo se extiende sin ir a ningún lugar. Dicen que se trata de algo así como una impensable espaciosidad interior.

Estamos de nuevo en la paradoja, lo que decía aquí yo al principio: domar el afán de ir más allá es lo que permite superar todo lo que nos limita. Algunos lo llaman paz. Podría ser. Ojalá pudiera ser. Sería, supongo yo oyéndolos, como cambiar la dirección del sentir. En vez de sentirse uno desde la mirada del otro y desde la experiencia de lo otro, de lo ajeno, lo que siempre nos falta, y nos empuja hacia el otro lado de la curva, sería como sentir uno lo inmenso de este otro lado, el lado del propio interior y de la propia experiencia, el lado del estar aquí, estar en el ahora mismo de cada instante, de tal manera que se pudiera saber, se pudiera sentir toda la inmensidad sin ir, sin necesitar ir más allá.

Hay una paradoja irresoluble, que nos está velada al común, y que siempre desemboca inevitablemente en un preñado silencio: sin “desear” no se puede llegar, pero para llegar hay que subyugar el “deseo”.

Agradezco a Ibon Lopez Lameiro la estupenda foto.



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